Tenía 12 años. Era el verano del año 2000. Estaba tumbada en la cama escribiendo en una libreta con la portada gris y algunas letras de publicidad. Escribía sobre lo rápido que pasaba el tiempo. Me parecía sorprendente haberme amoldado tan pronto a la casa nueva. Todos los cambios me producían una tremenda inquietud, me gustaba (y gusta) digerirlos a base de palabras escritas. Al rato empecé a tararear una canción. Me levanté de forma automática hacia el salón. Mi padre veía en el sofá fútbol en el canal+. Busqué entre la columna de discos y encontré el que buscaba. Mi padre se extrañó de mi interés repentino en ese disco, ese que tanto había escuchado en casa, que tantas veces había sido banda sonora en el coche.
La música sonaba en mi habitación y yo cantaba cada canción. Nunca antes había reparado en que me sabía de memoria aquellas letras. A partir de entonces comencé a valorar aquella mezcla de palabras fundidas con guitarras, llenas de distorsión. Cada día que pasa tiene más valor, llamémoslo histórico-sentimental.
Me encanta disfrutar de la música, sentirla y hacer que cada letra cante una canción sólo mía. Me gusta imaginar. Qué telaraña de metáforas, quizás sólo mía...
Ya no hay música así...
Documental en 4 partes.

